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Mi hijo, una IA y lo que aprendí de ellos

Mi hijo, la IA y lo que aprendí de ellos

Tengo un hijo, Ángel. 12 años. Esa edad en la que empieza a saborear cierto grado de independencia, pero aún necesita que le recordemos que comer fruta y leer son placeres reales de esta nuestra vida. Sus tardes de estudio suelen coincidir con algunas de mis obligaciones semanales. Reponer la nevera, que parece que tiene un agujero negro, o ir al gimnasio para convencer a mi vida sedentaria de que aún hay esperanza. Son estos ratos en los que se queda solo en casa, -como en aquella saga de películas de los noventa, pero con wifi y con menos creatividad para liarla parda-.

Desde que empezamos a practicar con estos ratos a solas, hay una norma que le hemos repetido hasta el hartazgo. Por si no está clara, por miedo al olvido o por mi propia tranquilidad: “Nunca abras la puerta cuando estés solo”. Nunca es nunca. O eso creía yo. Hasta este viernes.

Ángel me llamó por teléfono y, al descolgar, escuché su voz agitada, denotaba miedo, bastante poco habitual en él:

—Mamá, ¡dicen que hay fuego en el edificio?

— ¿Quién lo dice? (Menuda pregunta para un momento así).

— Un vecino, que ha llamado a casa. Y es verdad, porque huele mucho a humo.

—¿Y le has abierto la puerta?  (Pregunta digna de Pulitzer).

—Sí, porque estaba avisando de que había fuego en el edificio y ha llamado a todas las puertas. Y yo… he abierto.

—Tranquilo, estoy llegando a casa. Baja a la calle y no uses el ascensor.

Después de colgar, lo primero que sentí fue un nudo en el estómago. Y mi reacción, un suspiro de alivio. Ángel había hecho justo lo que yo le había prohibido. Y menos mal.

Esa desobediencia fue, en realidad, un acto de madurez. Ángel supo leer el contexto mejor que la norma. Supo interpretar una excepción. Supo que “nunca” no podía aplicarse a un descansillo lleno de golpes urgentes, de voces de vecinos alertados y de olor a humo.

Y yo, entre el orgullo y el nerviosismo, entendí algo que llevaba semanas experimentando en otro entorno: en el desarrollo del asistente de IA en el que trabajo.

La literalidad de la inteligencia artificial frente al valor del contexto

Durante varios meses he estado “educando” a un asistente de IA. He ajustado prompts, redactado instrucciones, roles, guardarraíles. He hecho infinidad de pruebas, me he pegado hasta la saciedad con los caprichos de nuestra lengua y los matices que la enriquecen para educar a mi asistente de IA.

En este proceso he descubierto algo que mi hijo me recordó de golpe: las máquinas obedecen literalmente y a veces la literalidad es un problema, dependiendo del contexto.

Si les digo “siempre”, será siempre. Si les digo “nunca”, será nunca. Sin matices, sin dudas, sin ese instinto que hace que un niño ignore la norma para protegerse.

Mientras mi hijo aprende a equivocarse, a ajustar, a decidir cuándo romper una regla, mi asistente aprende lo contrario: a no desviarse, a seguir la instrucción exacta. La inteligencia artificial no entiende de descansillos llenos de humo, ni de urgencias. Solo entiende lo que le digo. O, mejor dicho, cómo se lo digo.

Por eso, educar a una IA es, de alguna forma, un ejercicio de precisión lingüística. No basta con saber lo que quiero que haga. Tengo que preguntarme si realmente quiero decir “siempre”, si el concepto “nunca” cubre todos los escenarios posibles o si debo añadir un “excepto cuando…”, para evitar que mi propia literalidad se convierta en un problema.

Curiosamente, este aprendizaje me está haciendo más consciente de cómo hablo. Tal vez mi hijo no necesite “nuncas” absolutos o instrucciones taxativas, sino normas con excepciones, flexibles, con contexto y con cierta libertad a la interpretación. Tal vez deba reservar esas palabras tan contundentes para lo que sí es innegociable. O tal vez deba confiar más en su criterio y menos en mis absolutos.

La IA me está enseñando precisión; mi hijo, flexibilidad. Y en ambos casos, la importancia del contexto.

La próxima vez que dé una instrucción, a mi hijo o a un asistente, pensaré si de verdad quiero decir “siempre”, “nunca”, o si hay un “IF” que merece tener su espacio.

Por cierto, el incidente quedó en un susto, pero ese día Ángel dio un paso hacia adelante y yo uno hacia atrás, para observar mejor.

Así que, para no ser presa de mis propias palabras, no cerraré estas líneas con un “hasta siempre”. Lo dejaré en un “nos vemos”, que admite matices y es mucho más flexible.

Y que cada cual lo interprete según su propio contexto.

Hoy me salto mis normas y, sin matices ni reservas, ¡feliz Navidad a todos!

Nos vemos,

Ana Paredes, Marketing Product Manager de Informa D&B

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